Durga Puja, el festival de arte callejero que Calcuta abre al mundo

Cada otoño, miles de instalaciones efímeras transforman Calcuta en una galería de arte urbano

Calcuta es siempre bulliciosa, vibrante y caótica, pero durante cinco días al año, la ciudad cambia de ritmo, de piel y de reglas. Sus calles huelen distinto, suenan distinto y se mueven distinto durante Durga Puja, el festival anual que se celebra en honor a Durga, la diosa guerrera de diez brazos, que regresa simbólicamente a la tierra para vencer al mal.  

Durante el festival, el espacio urbano se reinventa: en plazas, calles y glorietas surgen cientos, miles, de ‘pandals’, estructuras que funcionan como templos al tiempo que son museos temporales, algunas tan grandes como edificios. 

Grupo de chicas celebrando ‘sindoor khela’, la fiesta del bermellón.
Grupo de chicas celebrando ‘sindoor khela’, la fiesta del bermellón.

Quienes viven fuera regresan a casa y el reloj se da la vuelta, jóvenes y mayores permanecen despiertos hasta el amanecer, caminan, conversan y recorren los barrios vestidos de creatividad, luces y colores. Durante esos días, las diferencias sociales se diluyen y la ciudad adquiere un carácter colectivo que revela su esencia más reconocible: brillante, espiritual, ruidosa, exagerada y tan cálida y acogedora como la gente que la habita. 

Más que templos fugaces, experiencias

Si hay un elemento que define Durga Puja, son los ‘pandals’. Estas estructuras temporales, que son en parte templo, en parte instalación artística y en parte punto de encuentro, se levantan en cada barrio y reorganizan la vida de la ciudad. Cada pandal se construye desde cero, abre al público durante el festival, y se desmonta por completo al terminar la celebración.

Los pandales no son simples decorados, sino relatos tridimensionales. Algunos recrean templos o edificios tradicionales; otros funcionan como espacios de denuncia social. Hay pandales que rinden homenaje a episodios históricos, que exploran la identidad local o que se convierten en ejercicios de pura experimentación artística. Cada uno cuenta una historia distinta, y juntos componen el imaginario efímero con el que Calcuta se transforma cada otoño.

 
La diosa Durga parece flotar en este ‘pandal’ inmersivo.
 
La diosa Durga parece flotar en este ‘pandal’ inmersivo.

Todo esto es posible gracias a un complejo sistema que sostiene cada proyecto. Detrás de cada pandal hay comités, artistas, carpinteros, electricistas, voluntarios, artesanos y patrocinadores: una cadena humana que trabaja durante meses para dar forma a algo que solo vivirá cinco días. La financiación combina aportaciones vecinales, donaciones privadas, patrocinios de marcas e incluso apoyo institucional. 

Una vez asegurado el presupuesto, se decide la temática y comienza un proceso que puede prolongarse durante meses: reuniones, bocetos y debates creativos, pruebas de materiales y ajustes técnicos. Después entra en juego la parte más compleja, la ejecución, cuando los carpinteros, escultores, pintores, iluminadores, diseñadores de sonido y electricistas traducen la idea al espacio físico. Es un trabajo meticuloso y colectivo, donde cada oficio suma para convertir el concepto inicial en experiencia.

Arte, devoción y tradición

La creatividad que exhiben los ‘pandals’ no deja de tener un trasfondo profundamente religioso. Según la tradición bengalí, la diosa Durga regresa cada otoño a la casa de su familia materna, y son precisamente estos templos efímeros los que se levantan para darle la bienvenida.

En cada pandal hay un ídolo que representa a Durga en el momento de derrotar al demonio Mahishasura, una imagen icónica en Bengala que resume la esencia del festival: la victoria del bien sobre el mal, de la luz sobre la oscuridad. La diosa suele aparecer montada sobre un león, con sus diez brazos armados y acompañada por sus cuatro hijos. Algunos ídolos respetan la iconografía clásica, otros reinterpretan la figura con lenguajes contemporáneos.

Colorida representación de la diosa Durga.
Colorida representación de la diosa Durga.

La mayoría de estas esculturas nacen en Kumartuli, el histórico barrio donde, desde hace más de tres siglos, los artesanos se dedican a moldear ídolos religiosos. Allí, las imágenes se elaboran siguiendo una tradición estricta: se construye la estructura con paja y bambú, se recubre con capas de barro del Ganges, se pintan y se visten con telas, joyas y ornamentos. Las figuras no se cuecen: las miles de ‘Durgas’ que se producen cada año están destinadas a disolverse en las aguas del mismo río apenas unos días después.

De la vida al agua: el viaje ritual de Durga

Alrededor del ídolo, dentro del pandal, es dónde se realizan las ofrendas, los cantos y los rituales diarios. Todo empieza en ‘Mahalaya’, el día en que se invoca a la diosa y se marca simbólicamente el inicio de su viaje a la tierra. En los siguientes días, antes del comienzo oficial de Durga Puja, llega uno de los momentos más esperados: la pintura de los ojos (‘chokku daan’), cuando el artesano traza la mirada final y ‘da vida’ a la escultura. A eso le sigue la revelación del rostro (‘unveiling’), el instante en que el ídolo se descubre por completo ante la comunidad.

El día grande es Ashtami, el tercero de los cinco días principales, dedicado a la adoración más intensa y a la recitación de mantras que llenan los pandales de un silencio vibrante. Y éstos son solo algunos ejemplos: Durga Puja está trenzada de decenas de ceremonias (toques de tambor, danzas con incienso, ofrendas de flores…) que se suceden sin pausa a lo largo de los cinco días. 

Al final, llega el momento más emotivo: la inmersión (‘bisarjan’), cuando la imagen de Durga se lleva en procesión hasta el Ganges para despedirla hasta el año siguiente. Para los devotos, ese descenso al agua es el regreso simbólico de la diosa al hogar, a la montaña donde vive con su esposo Shiva. Por eso el momento combina duelo y celebración, como una despedida familiar que se repite cada otoño. 

De orgullo de Bengala a escaparate internacional

Representación teatral sobre la violencia de género.
Representación sobre la violencia de género.

A pesar de que la cita moviliza a millones de visitantes dentro de la India, Durga Puja sigue siendo relativamente desconocida fuera del país, eclipsada a menudo por celebraciones más mediáticas como Diwali o Holi. Esa situación, sin embargo, empieza a cambiar. En los últimos años se han multiplicado las iniciativas, tanto públicas como privadas, para proyectar el festival más allá de sus fronteras. Entre ellas destacan los International Jury Awards, una iniciativa creada en 2018 por Jaydeep y Swaguna Mukherjee que reúne cada año en Calcuta a periodistas y comunicadores internacionales para recorrer los pandales y reconocer las propuestas más destacadas. En esta edición, el proyecto ha contado además con el apoyo institucional de Incredible India y de India Tourism Kolkata. Este impulso internacional se vio reforzado en 2021, cuando Durga Puja fue inscrita por la UNESCO en la lista de Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Durga Puja no se entiende del todo hasta que se vive desde dentro de ese caos luminoso, rodeado de arte, devoción y vida cotidiana. En una ciudad donde los habitantes se cuentan por millones y los pandales por miles, la experiencia puede resultar abrumadora para quien llega de fuera. Por eso algunas agencias locales como Meghdutan Travels organizan itinerarios guiados que recorren los pandales, los principales rituales y los puntos clave de la ciudad y sus alrededores, ofreciendo una forma más estructurada de acercarse a la magnitud del festival.

Sara Pérez Fernández

Iba para abogada (penalista) pero cambié la toga por el teclado cuando descubrí que lo mío era contar historias y tener historias que contar. Como periodista, he pasado por papel (El Mundo) y radio (Cadena SER) pero me he dejado atrapar por la comunicación digital ya que me permite hacer lo que más me gusta: descubrir el mundo saltando de wifi en wifi.
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