Un viaje en moto por la Ruta 66

Sentir el viento en el cuerpo. Y libertad. Dejar de cumplir años mientras nuestras ruedas cabalgan por el asfalto. La famosa Ruta 66 atrae a miles de apasionados del motor y turistas que buscan nuevas sensaciones. Con sus más de 3.900 kilómetros, esta histórica calzada nos ofrece unas vacaciones insólitas, que nos permiten conocer el espíritu del moderno Oeste yanqui. Un camino, el de The Mother Road, que desde 1923 toman soñadores, inmigrantes y desesperados en busca de su sueño americano. Hoy le invitamos a que viaje en moto con nosotros por la ruta 66, una inolvidable manera de deslizarse por la cultura pop más actual. Easy Rider, Kill Bill, la belleza fugaz de James Dean: una catarata de imágenes de dos siglos a nuestros pies. O bajo nuestras motos.

 

Unas motos aparcadas frente a un clásico local de la Ruta 66.
Unas motos aparcadas frente a un clásico local de la Ruta 66.

 

Para los soñadores e inmovilistas, una advertencia: Como es de imaginar, la vida moderna ha afectado a este larguísimo trazado, y actualmente es imposible recorrer la ruta en su forma original. Y es que paulatinamente la Red de Autopistas Interestatales de Estados Unidos fue reemplazando tramos de la Will Rogers Highway. Aunque hoy en día, la Ruta 66 todavía conserva partes de su trazado original, catalogadas como de «Historic Route 66», a través de Illinois, Nuevo México y Arizona.

Lo cierto es que, en todos sus años de historia, la vieja carretera ha experimentado muchos cambios, como es lógico. Promovida por Cyrus Averey en 1923, el amplio territorio que cubría la convirtieron, muy pronto, en un camino muy transitado. En los años 30, se vio atestada de granjeros que huían de su miseria para encontrar mejor fortuna en California. ¿Han leído Las Uvas de la Ira? ¿Recuerdan la terrible odisea de Tom Joad y los suyos? Fue la 66 la ruta que tomaron. Una vía que John Steinbeck describó en su inolvidable novela como «la ruta de la gente en fuga, refugiados del polvo y de la tierra que merma, del rugir de los tractores y la disminución de sus propiedades, de la lenta invasión del desierto hacia el norte, de las espirales de viento que aúllan avanzando desde Texas, de las inundaciones que no traen riqueza a la tierra y le roban la poca que pueda tener».

Desde luego, además de este sombrío pasado, la carretera pronto se convirtió en una arteria vital para el transporte de mercancias y en camino indispensable para aquellos que iban a veranear a Los Ángeles. Y, con la bonanza, el tejido empresarial que había ido naciendo en las áreas de servicio se fue fortalenciendo. De hecho, se considera que la Ruta 66 fue uno de los primeros campos de cultivo de la comida rápida. Hoy cafeterías, restaurantes y dinners siguen siendo una realidad de esta «microamérica».

Un punto muy a tener en cuenta es si optamos por organizar el viaje nosotros mismos o confiamos este punto a alguna de las agencias nacionales o foráneas que cuentan con mucha experiencia en este tema. Si somos autosuficientes, tendremos también que ser realistas, y considerar que este viaje, se haga como se haga, es caro: solo los billetes, desde nuestra ciudad de origen hasta Chicago, y de Los Ángeles hasta nuestro hogar, suponen un desembolso importante. A ello hay que sumar los costes de alquilar la motocicleta (desde 1.500 euros los quince días) en empresas como Bartels Harley o MotoHeaven. También tendremos que costearnos alojamiento en los moteles y hoteles, con una media de entre 35 o 50 euros por noche. Cadenas como Motel 6 o Super 8 son siempre una garantía. Por último, se deben contemplar los gastos derivados de la manutención y la gasolina que precisará nuestra “bestia” motorizada. Así que tenemos que prever una suma de, al menos, 4.000 o 5.000 euros. Y pedirle al jefe, por lo menos, veinte días de vacaciones, ya que la ruta nos exigirá quince días al completo.

 

El clásico cartel de la popular carretera.
El clásico cartel de la popular carretera.

 

La opción cómoda (no está reñido ser un poquito burgués con el hecho de ser motero) es confiarnos a la experiencia de las agencias. Y las hay muy especializadas en este viaje, como Route 66 Experience, una empresa afincada en España, Portugal y Reino Unido, y con apasionados de las motos al cargo. Otra compañía conocida en este ámbito es ViajeEnMoto, que organiza viajes de todo tipo a lomos de espectaculares “burras”. Por unos 4.250 euros (vuelos no incluidos) organizan el recorrido en quince días con un guía de habla española. La más conocida, sin duda, es Eagle Rider, líder en alquiler de motos en USA y, asimismo, impulsora de diferentes recorridos dentro de la Ruta 66. Desde la alternativa clásica (quince días, desde 4.075 euros) hasta recorridos más cortos por la famosísima calzada (de Chicago a Alburquerque o de esta ciudad a Los Ángeles). Incluso la conocida Catai cuenta con su propia oferta a lomos de una Harley.

¿Cuál es el recorrido básico? Pues lo más habitual es salir de Chicago, ocasión perfecta para imbuirnos de la vida de esta excitante ciudad, con estupendos museos, restaurantes y todo tipo de distracciones. Desde allí, rodar hacia el sur a lo largo del Pontiac Trail (un tramo de la Ruta 66) pasar por Joliet y Launching Pad, donde encontramos el enorme Museo RT 66 de Pontiac, que nos permitirá profundizar aún más en las raíces de la calzada. Más allá nos esperarán hermosos campos de maíz y bellos paisajes, preludio de la ciudad que nos encontraremos a orillas del Mississipi: la vieja y encantadora St. Louis, o “puerta del Oeste”, donde no solo hay buena música: las barbacoas son míticas y hay que rendirse al encanto de sus calles y de su famoso arco, claro.

Desde aquí el paisaje cambiará para rodar por las montañas de Missouri (donde está el balancín más grande del mundo) y, tras recorrer el Devil’s Elbow (y dar buena cuenta de alguna pieza de carne por el camino) es buena idea hacer noche en Joplin, ciudad en la que los célebres ladrones Bonnie y Clide desplumaron no pocos negocios.

Oklahoma, rural e indómita, nos permitirá disfrutar de parajes de insólita fuerza. De camino verá reservas de tribus nativas (todavía perviven), la mítica Blue Whale (un monumento acuático inclasificable en Catoosa) y por supuesto se recala en Oklahoma City, donde su céntrico Bricktown, un vívido barrio, nos permitirá estirar las piernas, llenar bien el estómago y disfrutar de la noche. Desde allí se parte a Nuevo México, y merece la pena pararse para conocer en profundidad Santa Fe, antaño capital de las posesiones españolas, hoy núcleo vivo del estado. Como es lógico, es una de las ciudades más antiguas y con más historia de Estados Unidos.

 

Geología y erosión en un paraje de más de 400 kilómetros cuadrados que no se borrará de la memoria.
Geología y erosión en un paraje de más de 400 kilómetros cuadrados que no se borrará de la memoria.

 

Desde nuestra antigua colonia las motos le conducirán hacia Arizona, donde habrá que hacer un alto para asombrarse de la peculiarísima belleza del Parque Nacional del Bosque Petrificado, con su milenaria historia detenida. Y de allí, por supuesto, al Gran Cañón. No son pocas las agencias que organizan vuelos en helicóptero para perder la mirada en sus escarpados paisajes. Y tras haber parado en Seligman, Peach Springs, Hackberry y la deliciosa Kingman, podremos (y deberemos) hacer un alto en Las Vegas (con parada en los casinos para jugar a gusto del consumidor) y Los Ángeles. Estas pinceladas de los destinos son orientativas, pues cada guía o agencia tiene sus paradas y rincones, que conviene tener bien en cuenta. Si se dispone de tiempo y dinero, por supuesto, es mejor reservar algunos días extra para conocer Los Ángeles y, de paso, darle un poco de relax a nuestro fatigado cuerpo.

 

Paisajes de la mítica calzada en Arizona.
Paisajes de la mítica calzada en Arizona.

 

¿Y cuándo es mejor embarcarse en esta aventura? Las agencias de consideración tienen amplias fechas para elegir, aunque si lo hacemos por nuestra cuenta los mejores meses son los del otoño o la primavera, que nos ahorrarán el sofocante calor que se sufre en algunas etapas, como las que incluyen rodar por Arizona. En cualquier caso, vaya cuando vaya, nos permitimos recomendarle un libro que hará su viaje mucho más ameno a poco que le guste el cine. Se trata de Ruta 66. Coches, moteles y canciones de película (Lunwerg), un apasionante libro de viajes donde, junto a los imprescindibles del recorrido, se entremezclan las escenas de libros y películas que se ambientan en la inmortal carretera.

¿Se anima a dejar de cantar Born to be wild y serlo realmente?