Tahití: el corazón de la Polinesia Francesa

Paul Gauguin sabía lo que se hacía: Tahití, el corazón de la Polinesia Francesa, es ese sueño de colores sintetistas al que cada lunes muchos soñamos con escapar. La isla más grande de la Francia de ultramar, corazón del archipiélago de la Sociedad, descansa en el Sur del océano Pacífico. ¿Bella? El adjetivo se nos queda corto, es casi un epíteto. Playas con tantos tonos de azul que resultan incontables, una naturaleza exuberante (repleta de tesoros terrestres y durmientes bajo el mar) y una vida cultural e histórica apabullante nos hacen imprescindible el coger un avión y sumergirnos, de lleno, en el corazón de un territorio único, que lucha por recuperar su cultura primigenia y brillar por encima de otros destinos más turísticos, como Bora Bora o Moorea. ¿Te vienes?

 

Tahiti

Papeete, la capital del paraíso

La capital, Papeete, no solo es el centro administrativo, sino también el pulmón económico y un lugar de obligada visita para los visitantes. Sobre todo, por el exotismo palpitante de su famoso mercado, esencia popular de la autenticidad polinesia. De apertura diaria (de 5 a las 17 horas, y de 4 a 7 los domingos) es especialmente recomendable pasear y curiosear dos puntos: la zona dedicada a las flores, la fruta y verdura y la planta superior, que encantará a los amantes de la artesanía: los pareos, pañuelos, madera tallada de una y mil maneras y suntuosos tejidos que cambian de manos en uno de los edificios públicos en uso más antiguos de la isla. Merece la pena: cada año lo visitan hasta 50.000 personas.

 

Artesana de flores de tiaré en el Mercado de Papeete.
Artesana de flores de tiaré en el Mercado de Papeete.

 

También es una villa con riqueza monumental: conviene visitar la catedral de Notre Dame, de finales del siglo XIX, y perderse por los frondosos jardines de L’Evêché (antiguo corazón de la misión católica), el parque de La Bassin de la Reine (donde la reina Pomare IV gustaba de bañarse con sus damas) o callejear por el barrio chino. Y si tenemos ganas de hacer un poco de ejercicio, merece la pena hacer una excursión al valle de la Fautaua.

Si somos de playa, las opciones son excepcionales. Palmeras esbeltas y de color verde intenso, arena blanca y extra suave, casi polvo, y cabañas sobre un mar de agua cristalina, son el marco general de sus playas. Si optamos por explorar la costa oeste, encontraremos hermosas playas de arena negra, tonalidad que irá hasta el blanco si nos desplazamos al este de la isla. Aquí no encontraremos tantos hoteles de bungalow como en otras, sino que predominan los edificios «al uso». Hay muchos hoteles de lujo para disfrutar de los mejores baños, aunque también hay posadas e incluso lugares para los amantes del ecoturismo.

 

Hoteles de ensueño como el Tahiti Intercontinental.
Hoteles de ensueño como el Tahiti Intercontinental.

 

Los amantes del surf, claro, deberían coger el coche y conocer Teahupoo. Sí, es la famosa ola-monstruo por la que todos los surfistas sueñan con deslizarse (y que al resto de mortales nos aterroriza), pero también es una pequeña localidad en el istmo de la isla, que nos servirá de campamento base para conocer dos sitios increíbles. Uno de ellos es Pari, paraje salvaje y sinuoso, cuyos acantilados nos ofrecen unas vistas imperdibles desde la tierra o en una excursión en barco. Y el otro sitio imprescindible la Gruta Vaipoiri, una cueva con un lago subterráneo. Conviene hacer una excursión por los alrededores, y disfrutar de una naturaleza exuberante para el ojo occidental. Si lo preferimos, también encontraremos un idílico entorno para el buceo.

 

Hablar de Tahití o de La Polinesia Francesa es hablar de buceo.
Hablar de Tahití o de La Polinesia Francesa es hablar de buceo.

 

También es un destino perfecto para los espíritus más burgueses. Si uno no tiene el día para aventuras, encontraremos una vibrante y rica vida cultural. Por ejemplo, no faltan los conciertos de música tradicional (disciplina que se está intentando recuperar y fortalecer) o moderna, así como obras de teatro. Y por supuesto, para no irnos sin el punto de exotismo, conviene asistir a sus espectáculos de danza autóctona, antaño prohibida por los misioneros y que hoy vive un gran esplendor. Numerosas escuelas, grupos y conservatorios involucran a jóvenes y mayores en este espectáculo sensual, vivo y hedonista, reflejo de una tierra bendecida por Dios o por lo que quiera que hiciera posible tanta belleza.