Rumbo al sol: cinco islas en las que perderse (alguna a lo mejor ni le suena)

Playas sibaritas, escenarios “arty”, espíritu multicultural, imponentes océanos del norte, arenas mediterráneas suavecitas y aguas caribeñas con sabor a licor de naranja. Para todos los gustos e intereses. Le descubrimos los próximos arrecifes TOP en islas por el mundo para que ponga rumbo al sol. Tire la toalla, se lo merece.

 

La playa de Sarakiniko, en la pequeña isla volcánica griega Milos, con sus rocas color blanco se la describe como un paisaje lunar.
La playa de Sarakiniko, en la pequeña isla volcánica griega Milos, con sus rocas color blanco se la describe como un paisaje lunar.

Panarea (Italia)

Al norte de Sicilia, las aguas verdeazuladas se pueden contemplar desde casas encaladas, jardines llenos de limoneros y buganvillas, o calles adoquinadas y cerradas al tráfico que solo dejan paso a motocarros pintados de colores vivos. Existen rincones naturales de película, como Cala Junco, una presciosa ensenada en la punta sur de Panarea con agua de un intenso color turquesa entre paredes originadas en su día por lava incandescente -de hecho, muchos viajeros vienen esta isla por los fenómenos de erupción subacuáticos-.

Aquí impera el “dolce far niente” más glamuroso de las islas Eolias. Estrellas del cine y la música tienen aquí su refugio veraniego. En el barrio de San Pietro, sus estrechas calles acogen pequeñas tiendas, talleres artesanos y viviendas típicas, con el blanco y el azul como protagonistas cromáticos. Pero el pasatiempo favorito aquí en Panarea es rodear la isla y sus islotes en barco y zambullirse en las playas del sur, para luego comer unos “spaghetti alla disgraziata” en la trattoria Da Francesco, con vistas Estrómboli. Culminar un relax “top” pasa por el Raya, un hotel boutique con filosofía “eco”, que asegura curar cuerpo y alma. Irresistible.

Callecitas del barrio de Ditella.
Callecitas del barrio de Ditella.

Milos (Grecia)

Muy lejos de las bulliciosas Santorini y Mikonos, se encuentra Milos, la isla donde se encontró la famosa Venus de Milo -de ahí el nombre de la escultura-. En este lugar lo que se respira es tranquilidad. La isla volcánica, situada en el Mar Egeo, da la bienvenida con sus costas agrestes llenas de acantilados y de playas bellísimas. En especial la de Kleftiko, que solía ser un antiguo escondite para piratas con su maraña de acantilados y cuevas, o la emblemática playa de Sarakiniko, con sus rocas blancas suavizadas por el mar y el viento, y que durante las noches de verano cuando la luna proyecta su luz sobre los riscos deja una postal inolvidable. Y al norte está la playa de Plathiena, perfecta para ir con niños. Resguárdese del sol bajo una sombrilla de palma y llegado el momento, en el chiringuito tome una ensalada de queso feta.

Tras llas sesiones de sol, otro placer es escapar al encantador pueblo Plaka (la población principal de la isla), construido sobre una ladera volcánica, o a la serena Klima, una aldea de pescadores con casas completamente encaladas de blanco y persianas de colores. Y luego para rematar la jornada, regálese un descanso digno de dioses en las “suites” del hotel Salt.

El paisaje más fotografiado del Egeo: Sarakiniko.
El paisaje más fotografiado del Egeo: Sarakiniko.

Texel (Holanda)

Una travesía de 20 minutos en ferry desde Den Helder (a unos 100 kilómetros al norte de Ámsterdam) lleva hasta un paisaje llano en el que destaca una espectacular cadena de dunas. Estas y una fauna única ponen la nota salvaje en un panaroma superholandés, que se puede recorrer en biclicleta y en el que abundan pólderes (tierras ganadas al mar), canales, molinos y uas playas de arena blanca bañadas por el mar de Frisia (Waddenzee en neerlandés), además de un precioso faro.

Texel es la más extensa y diversa de las Islas Frisias, y aquí los amantes del deporte pueden navegar en catamarán, practicar “kitesurf”, equitación o paseos en barro cuando baja la marea (“wadlopen”). Los foodies, mientras tanto, disfrutan de las gambas recién capturadas, de un corder salado ligeramente, del mejor queso de oveja de la tierra (hay más de 27 000 ovejas en la isla) y de su cerveza, llamada Shuumkoppe, o del chocolate elaborado con leche fresca de la isla. No se pierden participar en una cata de quesos ni visitar una granja como Kaasboerderijk Wezenspyk o la fábrica de cerveza de la isla, Texelse Bierbrouwerij.

El espíritu aventurero más chic se prolonga en Camp Silver con ocho caravanas Airstream, con interiores de diseño holandés y baños de acero inoxidable. El desayuno, ecológico, está incluido. Y la cocina y el salón están bajo una cúpula geodésica. El mejor hotel de la isla es ahora el Boutique Hotel Texel, muy acogedor, y su restaurante sublime, donde sirven productos locales de temporada, como suculentas mariscadas con crustáceos y mariscos procedentes de las aguas de la isla. Y para regalarse un relax paradisíaco, nada como el Gran Hotel Opduin.

Este pequeño paraíso de 25 km de largo por 9 km de ancho, del mar de Frisia, tiene una amplia variedad de paisajes en reservas naturales ricas en fauna salvaje, además de apacibles bosques y aldeas ideales.
Este pequeño paraíso de 25 km de largo por 9 km de ancho, del mar de Frisia, tiene una amplia variedad de paisajes en reservas naturales ricas en fauna salvaje, además de apacibles bosques y aldeas ideales.

Curazao (Caribe)

Poblada por gentes amables y hospitalarias -apenas supera los 150.000 habitantes-, la pequeña isla holandesa de casitas de colores enamora lo mismo por su carácter festivo que por sus arrecifes de coral y por sus kilométricas playas de aguas transparentes. Está en el sur de las Antillas, a solo una hora y media de avión desde Bogotá y, sin embargo, impera el estilo de vida multicultural de Ámsterdam -eso sí, declinado en clave tropical-.

Por tanto, aquí se disfruta del “mix life” y de combinar sin complejos las tradicionales “stroopwafels” (galletas de caramelo) holandesas con el autóctono “keshi yena” (queso gouda horneado y relleno de carne), y maridarlo con una copa del licor de Curaçao. Darse una vuelta por el casco histórico de Willemstad y después lanzarse a interminables sesiones de buceo es tener Europa y el Caribe al alcance de la mano. 

La isla tiene dos lados, uno rocoso, ventoso y con olas rompiendo -donde está estrictamente prohibido nadar-, y el tranquilo con aguas poco profundas y arena blanca realmente aterciopelada y brillante -en las que se encuentran trocitos de coral-. Un lugar perfecto para comer es el popular café y restaurante Mundo Bizarro, que como bien indica su nombre esconde en su interior una extrafalaria decoración llena de objetos variopintos. La sopa de langosta es inolvidable aquí. Y el retiro perfecto lo pone Baobase Luxury Resort donde entre jardines de ensueño y unas villas ideales, el huesped querrá quedarse a vivir  aquí de por vida. 

Pescadores frente a la costa de Curazao. Foto: Getty Images.
Pescadores frente a la costa de Curazao. Foto: Getty Images.

Naoshima (Japón)

Esta isla, de poco más de ocho kilómetros cuadrados, se ha transformado en poco más de sesenta años de ser simplemente un minúsculo refugio de salinas y de pescadores en su pasado, que se mantenía apartado del mundo gracias al mar Interior de Seto, a lo que es hoy, el emblema del buen vivir. Una filosofía que va más allá de lo cotidiano y que proclama que la unión de la naturaleza con el arte y la arquitectura llevan a la armonía interior. El lema de Naoshima “usa lo que existe para crear” cambió la vida de sus 3.000 habitantes. Quienes, tras la transformación de este incón de Japón, hasta entonces saturado de industria y y contaminación, retomaron el cultivo del arroz y la confección de cortinas tradicionales o se emplean en la creciente industria turística. Comparten té con creadores en bares de aire arty mientras ven caras nuevas con un plano en la mano -gente que sigue rutas únicas, esculpidas por el arte-.

Regalarnos una escapada hasta este confín de la tierra, con escasas redes “wifi”, es rodearnos de arte y estética de vanguardia, que nos recibe en la costa y que veremos después semienterrada en la playa, en los parques, en los muelles, e incluso empotrada en la pared. Hasta veintiún espacios de arte -entre museos, galerías y otras opciones más peculiares- hay en esta pequeña ínsula. Es más, hay un museo, la Casa Benesse, en el que uno puede quedarse a dormir entre obras de Sol LeWitt o Richard Long, desayunar frente a un Warhol y seguir rodeado de obras de Jackson Pollock o Jasper Johns. Sin duda, otro modo de disfrutar del Japón actual, mezcla de tradición y vanguardia.

El icono de Naoshima es una calabaza de color amarillo de la artista Yayoi Kusama. Foto: © Alamy.
El icono de Naoshima es una calabaza de color amarillo de la artista Yayoi Kusama. Foto: © Alamy.