Rioja presume de vinos blancos

Dicen que la zona de Rioja ya tenía tradición vinícola cuando andaba Jesucristo por la tierra convirtiendo el agua en vino, pues son 2.000 los años que su especial terroir permite el milagro de sus caldos. Debe su fama, sobre todo, a los tintos, aunque los vinos blancos empiezan a despuntar con insólita energía, en lo que muchos expertos califican ya como la revolución enológica más importante que se ha producido en España en estos comienzos del siglo XXI. Rioja presume de vinos blancos al haber incorporado interesantes variedades que han permitido que nazcan y se afiancen caldos muy, muy interesantes. ¿Se bebe una copa mientras se lo explicamos?

 

Rioja también es buen vino blanco.
Rioja también es buen vino blanco.

 

En cualquier caso, vinos blancos bajo la D.O.Ca. Rioja ha habido siempre. De hecho, durante algunas épocas la producción de este tipo de vinos llegó a superar a la de los tintos, como pasó durante el siglo XII. Es sin embargo recientemente cuando sus productores, innovadores ante todo, están sacando pecho de sus más que interesantes logros. Esta denominación de origen, creada en 1925 (es la más antigua de España, para su información) contempló desde el principio la posibilidad de que sus productores emplearan tres tipos de uva blanca: la viura, la garnacha blanca y la malvasía. Muchos años después, concretamente en 2007, se permiten seis incorporaciones nuevas. Tres de ellas son frutos internacionales (chardonnay, sauvignon blanc y verdejo) y tres autóctonas, como son las variedades maturana blanca, tempranillo blanco y turruntés. Este trío cuenta con la particularidad de que no se cultivan en otro lugar del mundo, por lo que contribuye aún más a afianzar su diferenciación y originalidad.

Dotados de nuevos ingredientes, la magia de Rioja contaba con más opciones de innovar, experimentar y lograr caldos distintos y únicos. Y el mercado estaba (y está) listo para abrazar y acoger sus logros, ávido de catar otras alternativas. Porque el vino está de moda, claro, pero somos hijos de nuestro siglo y queremos productos nuevos. Tradicionalmente, los vinos blancos de Rioja han destacado por su gran capacidad para una larga evolución en botella. Esto es algo típico de los que ofrece la uva viura, cuyas plantaciones tienen una edad media superior a cuarenta años, y que es la uva blanca más cultivada en la D.O.Ca Rioja. Esta variedad permite la elaboración de blancos jóvenes y de crianza. Precisamente este envejecimiento en madera es una forma de elaboración tradicional del vino blanco de Rioja. No obstante, en los últimos años se ha enriquecido mediante la fermentación en barrica del mosto con sus lías, esto es, que se permite al caldo, durante un tiempo, estar en contacto con las levaduras que producen su fermentación.

Nuevos consumidores, nuevos caminos

Pero lo cierto es que, como en botica, hay de todo: caldos mas complejos, afrutados, monovarietales… En cualquier caso, desde la incorporación de esas seis nuevas variedades de uva que mencionamos más arriba, los productores han sabido incorporar las preferencias y gustos del consumidor actual, que busca vinos con matices y sensaciones diferentes y amplias. Detrás, desde luego, hay mucho oficio, mucho amor por el terruño y no poco de I+D. Pensemos en la uva  tempranillo blanco, fruto de una mutación espontánea y un proceso de investigación posterior de lo más completo. La tempranillo blanco nació como un capricho de la naturaleza, mutación genética natural y espontánea a partir de un solo sarmiento de una cepa de tempranillo tinto, que se localizó en 1988 en un viñedo viejo de Murillo del Río Leza (La Rioja). El Servicio Riojano de Investigación y Desarrollo, explica la revista Enólogos, se enfrascó en conseguir una estabilidad de caracteres en esta nueva variedad mutante que solo pudieron saborearse en la copa desde 2004. Antes de ayer, casi.

 

Hubo épocas que Rioja producía más vinos blancos que tintos.
Hubo épocas que Rioja producía más vinos blancos que tintos.

 

Personales y elegantes, los vinos blancos de Rioja abren la puerta a nuevas posibilidades gastronómicas y momentos de consumo en función del caldo que elijamos. Así, si nos decantamos por los más jóvenes (que en boca resultan frescos y afrutados) comprobaremos que son perfectos para tomar con pasta, mariscos, ensaladas, aperitivos y entrantes ligeros. Si nos decantamos por los de variedades autónomas, entonces encontrarán la horma de su zapato en los pescados blancos, quesos frescos y arroces. Si en nuestras manos cae una botella de blanco de las mencionadas  variedades internacionales, será un excepcional compañero de viaje de platos orientales, verduras y mousses. Los quesos de cabra, oveja, los ahumados y los pescados azules van fenomenal con los blancos de Rioja fermentados en barrica. Si hablamos de un caldo criados en barrica con largo envejecimiento, no echaremos de menos el tinto, tradicional acompañante de aves, carnes y guisos, que maridan a las mil maraviilas con las referencias “albinas”. Como curiosidad tenemos incluso los llamados blancos semidulces, con gran éxito comercial durante los años cincuenta y sesenta, años en los que eran conocidos como los vinos favoritos de las mujeres. Cosas veredes…

 

 

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