Hotel La Casa del Califa: cuando el lujo no está en las estrellas

A veces, el lujo de un hotel puede estar en lo más sencillo y no tiene que venir avalado por la firma de un prestigioso arquitecto o decorador. En ocasiones la historia, el buen gusto y un entorno encantador bastan para que la experiencia del viajero sea perfecta. El Hotel La Casa del Califa (dos estrellas), en Vejer de la Frontera (Cádiz) es uno de esos lugares donde el cuerpo y el espíritu se relajan. Porque esta provincia y Andalucía son, quizá, una medicina perfecta contra el estrés y las dificultades. Silencio, se sosiega.

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La Casa del Califa, en Vejer de la Frontera (imagen del hotel)

Majestuosamente elevada sobre el nivel del mar, Vejer de la Frontera es un turístico (y no por ello atestado) pueblo blanco amurallado de empinadas cuestas y excepcional belleza. En una de sus plazas principales, rodeado de palmeras, se encuentra La Casa del Califa, un alojamiento compuesto, en realidad, por cinco casas diferentes unidas entre sí por un laberinto sistema de ocho tramos de escaleras. En total, siete pozos (dos en uso), seis salidas a dos calles distintas, cuatro patios, una cueva y 45 puertas. Construcciones de diferentes épocas, que contemplan la villa desde el siglo XI (en el caso del Aljibe, la parte más antigua). Todo es historia: incluso la fachada presenta aún síntomas de haber sufrido el terremoto de 1775 que asoló Lisboa. Sí: hasta aquí se notó.

A pesar de lo céntrico de su ubicación, todas las habitaciones salvo cuatro dan a parar hacia tranquilas calles peatonales. Todas son diferentes y abarcan amplios rangos de precio, aunque son muy asequibles. Para hacernos una idea, en temporada alta (del 16 de junio al 14 de septiembre y Semana Santa) cuesta 99 euros la noche; la suite África, la mejor de la casa, sale por doscientos. En temporada baja, las mismas estancias salen por 75 y 168 euros, respectivamente.

La suite África (imagen del hotel)
La suite África (imagen del hotel)

Otro de los grandes atractivos que ha dado tanta fama a este hotel es su restaurante, El Jardín del Califa. Especializado en cocina marroquí, se distribuye en tres espacios idílicos. Uno de ellos, el más privado, es el Aljibe, un minúsculo comedor para un máximo de 6 comensales que es un antiguo pozo de agua construido en la época de la invasión islámica de la villa. El Templo es el espacio de tamaño intermedio, coronado por unas bóvedas muy bien conservadas bajo las que pueden cenar unos 23 comensales. El gran favorito (o al menos el más mediático) es el jardín, el enclave más idílico para una cena de verano perfumada por el olor de los jazmines que lo rodean. En un lateral del mismo encontramos La Pérgola, un espacio protegido de las inclemencias por una pared de vidrio que protege del frío en invierno y que, cuando llega el estío, se retira. La decoración, de sabor oriental, juega un papel imprescindible, con velas y artesanía marroquí.

Conciencia ecológica
El restaurante es responsable con el maravilloso ecosistema que rodea al hotel. Solo se usan huevos y pollo de corral y ternera ecológica (concretamente, de la raza de Retinto, autóctona). Las verduras son, en su gran mayoría, recolectadas en la provincia y habitualmente ecológicas, como el azúcar y las harinas. La propuesta gastronómica es un ten con ten entre el rabatí Khadija Essaadi (chef ejecutivo y gerente) y James Stuart (cofundador del establecimiento). Juntos han configurado en la última década una sugerente selección de platos norteafricanos. Los golosos están de enhorabuena: todos los postres y pasteles se elaboran artesanalmente en sus cocinas. Hariras, ensaladas, mezze, parrilladas de verduras, cordero en diferentes preparaciones, barbacoas, tagines, cous-cous… Resulta complicado decantarse solo por unos pocos.

El jardín del restaurante El Califa en una tarde de verano (imagen del hotel)
El jardín del restaurante El Califa en una tarde de verano (imagen del hotel)

¿Y qué puede hacerse si elegimos La Casa del Califa como cuartel general de nuestras vacaciones o escapadas? Sin duda, dejarse seducir por los encantos de la comarca y del municipio. Es absolutamente obligatorio conocer la costa del pueblo, el Palmar, ocho kilómetros de playa de arenas doradas salpicadas de torres de almenaras. Hay que perderse, por supuesto, por la propia Vejer, y visitar la cercana playa de Bolonia y las ruinas de Baelo Claudia, una antigua ciudad romana que alcanzó una gran riqueza gracias a su potente industria de transformación del pescado. Medina Sidonia y Tarifa, también cercanos, son dos localidades en las que comer y divertirse es sencillo y asequible. Los aficionados a los deportes de vela encontrarán en esta última las mejores olas de Andalucía. Los que busquen playa, eso sí, pueden sufrir con sus increíbles rachas de viento. También hay agradables rutas de senderismo entre pinares y parques naturales: merece la pena sí o sí descubrir el entorno del Cabo de Trafalgar. Y ahora dinos su vas a ser capaz de no plantearte, ni siquiera un poco, sacar la agenda y revisar dónde está tu primer hueco disponibles. Haznos caso: este sitio cura.